Making of I – una noche sin dormir.

Os pongo en antecedentes…

Después de cenar, llegas puntual al ordenador y quedas con tus amigos de gKick para entrar en Ulduar y pasar la noche wipeando como un loco hasta altas horas de la madrugada, y a pesar de que finalmente el guild leader te dice que se acabó la raid, la adrenalina fluye por tu torrente sanguíneo y sabes que te va a costar dormir a pesar de que sea tan tarde. Finalmente, acabas sucumbiendo al cansancio y al día siguiente aguantas como puedes sabiendo que has dormido tres o cuatro horas, imaginándote lo feliz que serás al regresar a casa para poder ir a dormir pronto, mientras entre dientes murmuras “bueno, igual me conecto un rato al WoW“.

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Así, más o menos, pasaba la mayoría de noches de 2008, después de que saliera Wrath of the Lich King, la segunda expansión de World of Warcraft. Así que perdonadme por haber usado todas esas extrañas palabras que apenas tienen sentido, “traducciones” de palabras inglesas pasadas sin corte al castellano que, en aquella época, usabamos de manera cotidiana.

Pero una de esas noches, una noche del recién comenzado verano de 2008, la hija de Apolo, bajó del Monte Olimpo y empezó a susurrarme increibles ideas al oído. Los mejores jugadores de todo el mundo de un juego parecido al que estaba tan enganchado ganaban un premio con el que podían viajar a un lugar maravilloso en el que acabarían siendo protagonistas de innumerables aventuras. En ese momento cedí a los deseos de Musa y me levanté de la cama, desesperado por no poder dormir y totalmente desbordado por la cantidad de ideas que se me venían a la cabeza.

2016-03-03 19.18.09Comencé a escribir y garabatear insignias de juegos que no existían y esbozar estaciones militares futuristas fruto de mi imaginación. Personajes, escenarios, escenas y centenares de posibilidades que necesitaba plasmar en los papeles que tenía delante, para no olvidarme de nada. Recuerdo que esa noche nació Far·Point, la estación militar donde transcurre la acción, con su imponente torre central y sus no menos espectaculares cuatro torres que delimitan todo el perímetro. Recuerdo, también, que ese día escribí por primera vez el nombre de uno de los personajes principales, James Cobblepot, aunque todavía desconocía que ese joven escocés iba a tener un segundo nombre secreto que no le gustaba usar.

Finalmente, intenté dar una estructura a toda esa amalgama de ideas, y recordando las clases del colegio en la que se decía que una historia debía tener introducción, nudo y desenlace, así que rápidamente cerré una línea argumental en tres grandes bloques.

Así nacía Far·Point, o al menos la idea embrionaría que pronto empezaría a convertirse en un complicado dolor de cabeza… pero eso, mejor lo cuento otro día.

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